¡Bienvenidos a la enfermería! Siéntense en estos asientos, mientras llamamos uno por uno a vacunarse, aah y “recuerden que deben reposar”, les dijo la enfermera. Empezaron a pasar casi todos los niños menos Esteban quien le imploró a su madre salir de ese lugar. Pasaron los días y Esteban se negó a volver dedicándose a jugar con su volantín. No obstante, al pasar los días, se percató que sus amigos vacunados, ya no eran los mismos de antes. Ya no salían de sus casas y solo se dedicaban a mover los dedos al frente de un cuadro de luz. Sin querer, también les habían inyectado el octavo pecado capital…
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